
Mientras a la Iglesia Católica le dio por pedirles a sus feligreses “que no voten por opciones que fomentan la violencia y los abusos” o aquellas alternativas políticas que “proponen abrazar al delincuente en vez de evitar que delinca”, secuestraron a Monseñor Salvdor Rangel, obispo de Chilpancingo, Guerrero, quien trató de negociar con los delincuentes de la zona para que no presionaran más a la sociedad. Liberado, la primera versión es que se trató de un secuestro exprés en el que drogaron al prelado. Pero luego salió el gobierno de Morelos —uno de los que “fomentan la violencia” y que se considera es aliado de los delincuentes— a decir que Rangel había entrado a un motel con otro hombre y que el ataque tenía que ver con presunto sexo servicios y comercio de drogas. O sea, que no era un santo varón. Y como son acusaciones que no se pueden probar, pero que manchan desde el origen, se buscó desacreditar al clero en general y al obispo en particular. Canallesco. Por eso Mephisto en Milenio nos dice que son “días de petardos”: explosiones que manchan, pero no derriban.