
Pues ya arrancó la nueva era de la Suprema Corte. Por supuesto, se hicieron los rituales “de tipo indígena” —-porque es algo que nunca se había hecho, pero que trató de tomar elementos tradicionales, como si fuera una danza folclórica del ballet de Amalia Hernández-—. En su discurso inaugural, el presidente de la Corte, Hugo Aguilar, festinó que por primera vez en la historia “llegamos al cargo designados, no designados” (cuándo debió pensar en “electos” o algo así). Se encomendó a Quetzalcóatl y afirmaron que, por primera vez, la Corte estará al servicio del Pueblo. Invocaron a Benito Juárez como un ejemplo y un indígena a seguir (con lo que se invalida que Aguilar es el primer indígena en la Corte) y acto seguido, se criticó a la Constitución de 1857, pese a que contó con el aval juarista, para decir que la Corte “no debía ser así”. Y tras abrir “la casa de la justicia del Pueblo”, se fueron a comer al prestigioso restaurante Au Pied du Couchón en Polanco. Todo bien bonito y congruente, como era de esperarse del fruto de esta reforma judicial, Perujo en El Economista.